Manual de la Improbabilidad Infinita

23 noviembre, 2007

La hipocresía del verdugo

Yo llamo la “hipocresía del verdugo” a todo aquel que se escuda bajo las alas del “es que me piden que lo haga“, “esto es sólo mi trabajo” o “no lo haría pero no tengo más remedio“, para cometer actos que a ojos de todo el mundo resultan, atroces, insultantes e indignantes.

El último caso de “verdugo hipócrita” lo tenemos en la televisión (como no), esta herramienta de imbecilización ha traspaso de nuevo la frontera de lo socialmente aceptable. Tras la enésima muerte de una mujer a manos de una retrasado social, los ojos de juristas y profesionales de la televisión se han puesto sobre el programa “el diario de patricia” para evaluar la parte de culpa que tiene en este caso… ¿de qué coño están hablando?… ¿acaso tiene que morir una mujer para que el mundo se de cuenta de la lacra que asola nuestras televisiones?

Los programas tipo “el Diario de Patricia”, clon del Show de Jerry Springer, son un atentado ya no sólo contra la inteligencia de la gente (como la mayoría de programas del corazón), si no contra la misma decencia de la televisión y de la gente. Dicho así seguro que me imagináis como un predicador de Louisiana vestido con mi traje blanco, mi sombrero de paja, la biblia en la mano y el tabaco de mascar en la escupidera, pero el hecho de creer en una televisión debe servir, y no servirse, de los televidentes no creo que me convierta en un moralista.

Ya fui crítico en su momento con el cambio que experimentó Sardá con su Crónicas, vi como caía en el lado oscuro llenando su otrora estupendo late show con esperpentos, freaks de circo y “corazonadas”, vi como empezaba a usar las “rarezas” humanas, las vidas privadas y los trapos sucios para aumentar share, para subir audiencia y en definitiva para ganar más dinero… pero el caso de Sardá es excusable, porque como la historia nos demuestra todo imperio acaba corrompido y tiende a la decadencia.

Lo que no es excusable es que todas las tardes (en pleno horario infantil) de la semana las televisiones se llenen de programas decadentes, aborrecibles y estupidizadores, cuyo único propósito es llenarnos las retinas con trapos sucios que no nos interesan de personas a las que jamás conoceremos; permitimos que nos den de comer basura y la sociedad tan sólo sabe abrir la boca y pedir más.

Finalmente ese afán por desangrar la vida de la gente para algarabía del público asistente, ha llevado a un mujer a morir (de esa misma manera) a manos de un energúmeno incapaz de saber distinguir entre amor y posesión.

¡Pero  regocijáos público televisivo, su muerte no será en vano, ya que será carnaza para aquellos que la ayudaron a morir durante al menos dos semanas más, su tragedia inundará las cadenas para júbilo de la plebe, que como si de un circo romano se tratara, simplemente reclamará más sangre!

Hobbes dijo una vez que el Estado era un Leviatán que tarde o temprano nos engulliría… hoy ese mérito se lo lleva la televisión y siempre está hambrienta.

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